De la masacre mucho se habla pero poco se sabe

Foto aerea de Cienaga, Magdalena

Treinta años después de la invasión bananera en Ciénaga, el descontento popular se comenzó a sentir en proporciones enormes. En 1928 los trabajadores de la empresa entraron en huelga exigiendo mejoras salariales, además de exigir atención médica y descanso dominical. El paro alarmo a la United Fruit, no podían creer que alguien se revelara contra su poder, por eso acudieron al gobierno. Miguel Abadía Méndez respondió al llamado de manera inmediata; ordeno militarizar la zona y declaro el estado de sitio. Thomas Bradshaw, gerente de la United Fruit, rechazó las peticiones de los trabajadores.

En la sesión del 4 de Septiembre de 1929, realizada en el congreso de Colombia, Jorge Eliecer Gaitán denuncia públicamente que los militares estaban cobrando una serie de ridículos impuestos en a los habitantes de la zona. “El régimen militar cobraba un impuesto llamado de pisadura. No penséis que aquel impuesto tenía una suma fija. Era una cantidad caprichosa, que dependía de la capacidad pecuniaria de los míseros contribuyentes. No solo se cobraba impuesto desde cuando comenzó el estado de sitio sino que se hacia extender este impuesto hasta los años de 1926 en adelante”. Gaitán denunciaba también en el mismo discurso que no solo se cobraba ese impuesto ilegal, sino también unos impuestos al aseo, a la salud, y varios más, y que a quienes no pagaron los impuestos los encarcelaban y les imponían trabajos forzados –que no distaban mucho de los que realizaban en los campos bananeros-. Toda esta plata se repartía entre los militares, “tomaban los dineros públicos para gastarlos en las orgías brutales de las cuales ya tenemos noticias; de manera que era para bailes en Santa Marta; que ultrajaban el luto y el dolor de aquel pueblo; de manera que los impuestos públicos eran para pagar los licores pedidos a la United Fruit; de manera que esos impuestos iban a pagar la orgía del automóvil”, y continuaba Gaitán diciendo que ningún centavo llego al tesoro público de esos impuestos –que bien podrían ser considerados extorciones-[1].

El gobierno le entrego el manejo de la fuerza pública a un personaje cuyos antecedentes militares distaban mucho de un merecimiento. Carlos Cortes Vargas quedaría encargado de dirigir el estado de sitio y buscar “comunistas y enemigos del orden público”. El gobierno colombiano necesitaba alguien que no titubeara para crear una masacre, Cortes Vargas era la persona indicada.

Monumento a la masacre de las bananeras (En Cienaga)

El 6 de diciembre de 1928, los trabajadores se reunirían a negociar –supuestamente- su pliego de peticiones. Engañados, como recurrentemente sucede en este país, los trabajadores fueron con sus esposas e hijos a la plaza. Para la United Fruit, la mejor forma de negociar era eliminando al enemigo, el régimen militar impuesto en la región de Ciénaga en total acuerdo. Reunidos los explotados, tres veces hizo sonar la corneta el sangriento Cortes Vargas, no sin antes avisar que tenían poco tiempo para correr. Algunos corrieron, sabiendo de antemano, que eran parte de un juego ridículo, correr era simplemente para quedar con la satisfacción de que intentaron salvarse, el fin último era la muerte, y quienes estaban en la plaza, esos sindicalistas, esos huelguistas contrarios al orden público, en el fondo de su corazón sabían la única salida era su sangre, que sellara la historia de Colombia y años después pasara al olvido.

Al tercer sonido de la corneta una lluvia de balas sacudió a los trabajadores que se encontraban en la plaza de Ciénaga. Mujeres y niños cayeron, quien no murió al instante fue rematado por los militares. “Los heridos son rematados con las bayonetas. Ni el llanto ni la imploración, ni el correr de la sangre conmueve a estas hienas humanas…Los muertos son luego transportados en camiones para arrojarlos al mar y otros son enterrados en fosas previamente abiertas. Pero digo mal: se entierra no solo a los muertos, se entierra también a los vivos que estaban heridos. No basta la imploración para que no se les entierre vivos. Estos monstruos ebrios de sangre, estos fugados de la selva, no tienen compasión. Para ellos la humanidad no existe. Existe solo la necesidad de complacer al oro americano”, serían las palabras de Jorge Eliecer Gaitán. Después el presidente Miguel Abadía Méndez aplaudió la actitud de los militares y pidió la lista de los oficiales para recompensarlos por llevar acabo tan funesta labor.

Cortes Vargas informó días después que los asesinatos se dieron en unas circunstancias impactantes. Diría el líder del genocidio que dispararon contra la gente porque unos buques norteamericanos desembarcaron en las costas del Magdalena. Gaitán responde: “Me parece que esto por sí solo es un retrato de la personalidad moral de este individuo. De manera que al invasor extranjero se le vence y a la República se le salva asesinando a sus hijos para complacencia de los barcos amenazantes”. Sin embargo, el gobernador del Magdalena desmiente a Cortes Vargas, “ni durante la época de la huelga, ni con posterioridad a ella, han llegado a la bahía de Santa Marta buques de guerra de nacionalidad americana, ni la gobernación ha tenido notica alguna sobre el particular”.

Caricatura de la masacre de las bananeras. El militar de la derecha es Cortes Vargas.

Del número de víctimas o de su paradero no hay datos exactos. El gobierno admitió nueve muertos, cifra bastante irracional teniendo en cuenta que fue un genocidio a fuego limpio. El consulado de los Estados Unidos en Santa Marta informo de más de 600 muertos. Los historiadores informan más de mil. Del paradero de los cuerpos poco se sabe, dicen que los llevaron en camiones y los enterraron en lugares desconocidos. Dicen que los llevaron en tren y los tiraron al mar. Dicen que los enterraron a los costados de los caminos. Pero ninguna afirmación puede ser comprobada hasta ahora.

Tres días después de la masacre los militares incendiaron quince casas. El capitán Luis F. Luna y Mario Barreneche estuvieron presentes desde el momento en que se prendió fuego a la primera casa. Con esta quema comenzaría el comienzo del fin para el imperio del banano en territorio colombiano.

Ya con cientos de muertos a sus espaldas y con la tierra perdiendo sus facultades, no fue difícil para la United Fruit hacer lo que hicieron los conquistadores con el cerro rico del Potosí o con Ouro Preto. Abandonada la tierra, la región quedaría sumida en la más absoluta pobreza, y en un infertilidad apenas imaginable. Los pulmones de los trabajadores y la riqueza de la tierra quedaron destruidos, al igual que en todos los países centroamericanos. La época bananera en Colombia quedaría cerrada, sustancialmente, durante varios años. Las grandes construcciones que se hospedaban en la tierra bananera quedaron sumidas en el abandono por sus dueños extranjeros.


[1] 1928: La masacre de las bananeras, Editorial Cometa de Papel, Colombia, 1997.

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