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Con los otros países de Latinoamérica no pasaría igual, por lo menos hasta pasados varios años. La situación más crítica fue la caída del gobierno de Arbenz en Guatemala. La United Fruit se especializo en derrocar e imponer dictadores que estuvieran a su servicio, la CIA y el ejército norteamericano siempre estuvieron dispuestos a apoyar la causa. Durante su gobierno (1951-1954), Jacobo Arbenz intento expropiar, a la United Fruit, 83.929 hectáreas de tierra no cultivada, de las 250.000 que poseía. Debido la CIA orquesto un plan que terminaría con el derrocamiento de Arbenz.
Sin embargo, el final de la ocupación bananera en territorio americano comenzaba a finalizar. A mediados de los 50 grandes enfermedades azotaron al banano y quienes lo trabajaban, el negocio dejo de ser tan lucrativo como lo era anteriormente. Además, la constante amenaza de la “reforma agraria” en todos sus países dominados comenzaba a crear paranoia entre los dirigentes de la empresa. A principios de la década del 60 comienza la venta masiva de sus tierras. La empresa decae económicamente, hasta 1969, cuando Zapata Petroleum Corporation se hace con el control de la compañía.

George H. Bush, quien posteriormente sería presidente de los EEUU. era el dueño de Zapata's Petroleum.
La Zapata Corporation fue fundada en 1953 por George H. Bush, quien años más tarde fuera presidente de los Estados Unidos, avivando la llama de la incógnita. Algunas personas indican que la Zapata Corp. tiene fuertes relaciones con la CIA. Desde 1958, la petrolera esta perforando el territorio de Cay Sal Bank, donde al parecer fueron entrenados miembros de la Operación Mangosta –operación encargada de sabotear Cuba y su revolución-.
Tras ser adquirida por la empresa de petróleos de George Bush, la empresa termina llamándose United Brands Company. Años más tarde, la nueva empresa ingresaría en tierras colombianas, y al igual que sus antepasados, no escatimarían en hacer lo que fuera necesario, legal o ilegalmente, para conseguir sus objetivos de dominación.
En Septiembre de 2007, la empresa Chiquita Brands fue sentenciada por el juez Roy Lamberth, del Tribunal Federal del Distrito de Colombia (Washington), tras haber admitido aportar económicamente a la creación y el fortalecimiento de grupos paramilitares en Colombia. Entre 1997 y 2004 fueron entregados 1,7 millones de dólares a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), para que defendieran sus predios y asesinaran sindicalistas. El juez condeno a Chiquita a pagar 25 millones de dólares en compensación, “Desde el punto de vista formal la justicia de Estados Unidos tiene unos parámetros que merecen todo nuestro respeto, eso no quiere decir que la opinión pública no registre con cierta perplejidad que un caso tan importante no lleve como consecuencia a ninguna persona a la cárcel” dijo el ex canciller colombiano, Fernando Araujo.
El abogado defensor de la empresa, Eric Holder, sustentó que los pagos realizados antes del 10 de Septiembre de 2001 no pueden considerarse ilegales, debido a que ese día fueron incluidas las AUC en la lista de grupos terroristas por el gobierno norteamericano. La moral queda tiritando en el aire, según este argumento, no es ilegal financiar la muerte, el odio y la impunidad, a menos de que este registrado en los papeles del gobierno yanqui.
Muchas cosas quedan para desalentarse del juicio a la empresa. Ninguna persona resulto involucrada en este juego macabro. ¿Dónde están los responsables de los pagos a los grupos paramilitares? ¿Cuáles son las respuestas a la información encontrada en el computador del desmovilizado jefe paramilitar, “Jorge 40”?

La Chiquita brands financió el fortalecimiento de los grupos paramilitares en las zonas bananeras.
En el computador aparecen relaciones entre Chiquita Brands y las AUC, que van más allá de la financiación. Buques cargados de banano transportaban cocaína a Europa. “Según nuestros informes de inteligencia, la empresa (que transportaba la droga) se llama Chiquita”, afirma la Fiscalía. 3.000 fusiles AK-47 llegaron en el barco Otterloo al Urabá en 2001, esos fusiles venían rumbo a las manos de las AUC. Los equipos e instalaciones de Banadex –filial de Chiquita en Colombia- fueron usados para bajar los contenedores que escondían las armas.
El negocio del saqueo deja sin aire a los países subdesarrollados. Las colegas del saqueo colaboraron para dejar sin oportunidades ni a los territorios, ni a sus habitantes. La Hanna Mining Co., Anaconda Mining, Kennecott Utah Cooper, entre muchas otras, desfalcaron lo que se ponía a su alcance. La producción es su lema, la explotación su especialidad. Político o sindicalista que se opusiera –u oponga- a su imperio debe reconsiderar el valor de su vida. La United Fruit es, simplemente, una más de las encargadas de sofocar las tierras americanas. Por ahora no queda sino soñar, que en cien años, no se escriba un texto que se titule: “Doscientos años de explotación bananera”.

Foto aerea de Cienaga, Magdalena
Treinta años después de la invasión bananera en Ciénaga, el descontento popular se comenzó a sentir en proporciones enormes. En 1928 los trabajadores de la empresa entraron en huelga exigiendo mejoras salariales, además de exigir atención médica y descanso dominical. El paro alarmo a la United Fruit, no podían creer que alguien se revelara contra su poder, por eso acudieron al gobierno. Miguel Abadía Méndez respondió al llamado de manera inmediata; ordeno militarizar la zona y declaro el estado de sitio. Thomas Bradshaw, gerente de la United Fruit, rechazó las peticiones de los trabajadores.
En la sesión del 4 de Septiembre de 1929, realizada en el congreso de Colombia, Jorge Eliecer Gaitán denuncia públicamente que los militares estaban cobrando una serie de ridículos impuestos en a los habitantes de la zona. “El régimen militar cobraba un impuesto llamado de pisadura. No penséis que aquel impuesto tenía una suma fija. Era una cantidad caprichosa, que dependía de la capacidad pecuniaria de los míseros contribuyentes. No solo se cobraba impuesto desde cuando comenzó el estado de sitio sino que se hacia extender este impuesto hasta los años de 1926 en adelante”. Gaitán denunciaba también en el mismo discurso que no solo se cobraba ese impuesto ilegal, sino también unos impuestos al aseo, a la salud, y varios más, y que a quienes no pagaron los impuestos los encarcelaban y les imponían trabajos forzados –que no distaban mucho de los que realizaban en los campos bananeros-. Toda esta plata se repartía entre los militares, “tomaban los dineros públicos para gastarlos en las orgías brutales de las cuales ya tenemos noticias; de manera que era para bailes en Santa Marta; que ultrajaban el luto y el dolor de aquel pueblo; de manera que los impuestos públicos eran para pagar los licores pedidos a la United Fruit; de manera que esos impuestos iban a pagar la orgía del automóvil”, y continuaba Gaitán diciendo que ningún centavo llego al tesoro público de esos impuestos –que bien podrían ser considerados extorciones-[1].
El gobierno le entrego el manejo de la fuerza pública a un personaje cuyos antecedentes militares distaban mucho de un merecimiento. Carlos Cortes Vargas quedaría encargado de dirigir el estado de sitio y buscar “comunistas y enemigos del orden público”. El gobierno colombiano necesitaba alguien que no titubeara para crear una masacre, Cortes Vargas era la persona indicada.

Monumento a la masacre de las bananeras (En Cienaga)
El 6 de diciembre de 1928, los trabajadores se reunirían a negociar –supuestamente- su pliego de peticiones. Engañados, como recurrentemente sucede en este país, los trabajadores fueron con sus esposas e hijos a la plaza. Para la United Fruit, la mejor forma de negociar era eliminando al enemigo, el régimen militar impuesto en la región de Ciénaga en total acuerdo. Reunidos los explotados, tres veces hizo sonar la corneta el sangriento Cortes Vargas, no sin antes avisar que tenían poco tiempo para correr. Algunos corrieron, sabiendo de antemano, que eran parte de un juego ridículo, correr era simplemente para quedar con la satisfacción de que intentaron salvarse, el fin último era la muerte, y quienes estaban en la plaza, esos sindicalistas, esos huelguistas contrarios al orden público, en el fondo de su corazón sabían la única salida era su sangre, que sellara la historia de Colombia y años después pasara al olvido.
Al tercer sonido de la corneta una lluvia de balas sacudió a los trabajadores que se encontraban en la plaza de Ciénaga. Mujeres y niños cayeron, quien no murió al instante fue rematado por los militares. “Los heridos son rematados con las bayonetas. Ni el llanto ni la imploración, ni el correr de la sangre conmueve a estas hienas humanas…Los muertos son luego transportados en camiones para arrojarlos al mar y otros son enterrados en fosas previamente abiertas. Pero digo mal: se entierra no solo a los muertos, se entierra también a los vivos que estaban heridos. No basta la imploración para que no se les entierre vivos. Estos monstruos ebrios de sangre, estos fugados de la selva, no tienen compasión. Para ellos la humanidad no existe. Existe solo la necesidad de complacer al oro americano”, serían las palabras de Jorge Eliecer Gaitán. Después el presidente Miguel Abadía Méndez aplaudió la actitud de los militares y pidió la lista de los oficiales para recompensarlos por llevar acabo tan funesta labor.
Cortes Vargas informó días después que los asesinatos se dieron en unas circunstancias impactantes. Diría el líder del genocidio que dispararon contra la gente porque unos buques norteamericanos desembarcaron en las costas del Magdalena. Gaitán responde: “Me parece que esto por sí solo es un retrato de la personalidad moral de este individuo. De manera que al invasor extranjero se le vence y a la República se le salva asesinando a sus hijos para complacencia de los barcos amenazantes”. Sin embargo, el gobernador del Magdalena desmiente a Cortes Vargas, “ni durante la época de la huelga, ni con posterioridad a ella, han llegado a la bahía de Santa Marta buques de guerra de nacionalidad americana, ni la gobernación ha tenido notica alguna sobre el particular”.

Caricatura de la masacre de las bananeras. El militar de la derecha es Cortes Vargas.
Del número de víctimas o de su paradero no hay datos exactos. El gobierno admitió nueve muertos, cifra bastante irracional teniendo en cuenta que fue un genocidio a fuego limpio. El consulado de los Estados Unidos en Santa Marta informo de más de 600 muertos. Los historiadores informan más de mil. Del paradero de los cuerpos poco se sabe, dicen que los llevaron en camiones y los enterraron en lugares desconocidos. Dicen que los llevaron en tren y los tiraron al mar. Dicen que los enterraron a los costados de los caminos. Pero ninguna afirmación puede ser comprobada hasta ahora.
Tres días después de la masacre los militares incendiaron quince casas. El capitán Luis F. Luna y Mario Barreneche estuvieron presentes desde el momento en que se prendió fuego a la primera casa. Con esta quema comenzaría el comienzo del fin para el imperio del banano en territorio colombiano.
Ya con cientos de muertos a sus espaldas y con la tierra perdiendo sus facultades, no fue difícil para la United Fruit hacer lo que hicieron los conquistadores con el cerro rico del Potosí o con Ouro Preto. Abandonada la tierra, la región quedaría sumida en la más absoluta pobreza, y en un infertilidad apenas imaginable. Los pulmones de los trabajadores y la riqueza de la tierra quedaron destruidos, al igual que en todos los países centroamericanos. La época bananera en Colombia quedaría cerrada, sustancialmente, durante varios años. Las grandes construcciones que se hospedaban en la tierra bananera quedaron sumidas en el abandono por sus dueños extranjeros.
El 10 de Enero de 1899 nace la desgracia. La Boston Fruit Co. y Minor Keith, unieron sus capitales y fundaron la United Fruit Company. El periodo de expansión y dominio comenzó en tan solo instantes. El dominio sobre Guatemala llegaría en un par de años, así llegaría también el periodo de dominio en Cuba, Costa Rica, Cuba, Jamaica, Nicaragua, Panamá, Santo Domingo y… Colombia.
La United Fruit fue el producto de otra necesidad del naciente imperio. Los grandes empresarios sabían distinguir los deseos del pueblo estadounidense. A la necesidad respondían con sobreexplotación de sus países dominados. América era el surtidor de todo lo que necesitaba Estados Unidos, pero no tenía como responder a sus propias necesidades, las necesidades extranjeras eran más importantes que las propias, la solidaridad, no tenía limites. Antes de 1870 era poco conocido el banano en territorio estadounidense. La primera importación del “fruto prohibido”[1] a Norteamérica se dio en 1870, sin embargo, para 1898, los estadounidenses consumían 16 millones de racimos al año.

Mapa de los sembradíos de la United Fruit.
Un industrial de Brooklyn, llamado Minor Cooper Keith, comenzó a sus 23 años a construir el ferrocarril de Costa Rica, junto con su tío, Henry Meiggs –quien laboraba como constructor de trenes-. El proyecto comenzado en 1871 costaría centenares de vida –las primeras en toda una historia de miseria-, entre los muertos se encontraban sus tres hermanos. Sin embargo, mientras avanzaba la obra, Keith iba sembrando bananas en los terrenos aledaños a las vías. Al terminar la obra, ya era posible enviar grandes cantidades de la exótica fruta a las tierras del norte. De esta manera comenzaba el monopolio del transporte, que ayudaría, años más tarde, a la expansión de la depredadora empresa bananera.
En tan solo dos años la empresa comenzaba sus planes devoradores. Para 1901, Keith dijo que Guatemala tenía “un clima ideal para las inversiones”. La iluminación del industrial norteamericano fue suficiente para que Manuel Estrada Cabrera –dictador y lacayo de los Estados Unidos- abriera de par en par sus puertas a la United Fruit. Las concesiones que otorga el gobierno de Guatemala a la empresa trascienden de lo ridículo. Por la construcción de un tercio de línea férrea, Manuel Estrada le otorga los dos tercios construidos, además de hacerle entrega –a la United Fruit- de todas las líneas telegráficas. El monopolio marítimo queda en manos de la empresa bananera, a través de Puerto Barrios. Los impuestos cobrados a la empresa tienen una gran tendencia a cero. Y, para hacer lógico el regalo de la nación a la empresa, se le conceden alrededor de 70 mil hectáreas, que podían ser elegidas por la misma empresa. Posteriormente Jorge Ubico Castañeda concede varias tierras más para la plantación del banano, e induce a que se rebaje el salario de los trabajadores a la mitad en la plantación de Tiquisate. (Todos los datos anteriores en Historia de la United Fruit, de Oswaldo Albornoz Peralta)
El destino colombiano es bastante atrayente para la empresa. Al tiempo que el negocio bananero penetraba en la sociedad guatemalteca y costarricense, la región del Magdalena se convertía también en un centro de explotación de la tierra y quienes la trabajaban. Las concesiones otorgadas por el gobierno colombiano no distaban mucho de las concedidas por los despóticos gobiernos centroamericanos.

Miles de hectareas fueron sembradas por la United Fruit, despojando de sus tierras a gran cantidad de indigenas y pequeños campesinos.
La empresa llega a poseer 58.000 hectáreas en la región de Ciénaga, llegando así a tener una tercera parte de las tierras disponibles en la región. La mayoría de sus tierras fueron “usurpadas a sus legítimos propietarios”[2]. La práctica de exiliar a los propietarios de la tierra se popularizó a principios de siglo. La United Fruit realizo varias expropiaciones impunes en todos sus países dominados, sin dejar a sus dueños más que el remordimiento de haberlo perdido todo. En Costa Rica fueron atacados los indios del valle de Talamanca, fueron quemados sus sembradíos, y fueron exiliados del lugar, algunos huyen a las montañas, otros son esclavizados, y la gran mayoría fueron ejecutados[3].
La explotación laboral dejaba miles de hombres cuyos derechos no daban lugar ni a la depresión. Alrededor de 25.000 personas –si es que así les consideraban- trabajaban ante el sol ardiente sin derecho al suspiro. Las autoridades nacionales servían al poder bananero. La normatividad laboral era un pecado comunista, y los trabajadores tenían derecho a trabajar, pedir más era atentar contra la seguridad nacional.
Los trabajadores recibían salarios con sumas ridículas, pero que además no eran pagadas. Sus salarios eran bonos en los “comisariatos” de la empresa imperialista. Los trabajadores acudían allí a comprar los productos que no alcanzaban a suplir sus necesidades básicas. Los productos eran entregados y lo que gastaran los trabajadores era reducido de sus “salarios”. Sin embargo, debido a sus reducidas ganancias, los trabajadores terminaban por permanecer endeudados con los comisariatos.
[2] Edgar Caicedo, Conflictos sociales del siglo XX en Colombia, Ediciones Colombia Ltda., p. 8.
[3] Albornoz Peralta, Oswaldo. Op. Cit.
Los muertos, en la época de las mentiras, se convierten simplemente cifras. Las cifras cuando no convienen a las superpotencias, desafiando las leyes de la naturaleza, tienden a cero. Miles de cuerpos olvidados alimentan la impunidad de la América olvidada. Miles de cuerpos se extinguen en el mar desde aquel 12 de Octubre de 1492.

Vista actual de la ciudad del Potosí. Hasta 2005 la esperanza de vida era de 40 años.
Los habitantes del que sería convertido en el tercer mundo se disputaban entre el trabajo y la muerte. La muerte siempre parece un fin bastante enriquecedor para quien, simplemente
quiere acelerar su destino. Los gases tóxicos y el empleo del mercurio mataban esclavos como si fueran plagas en las dificiles minas de plata del cerro del Potosí –en territorio Boliviano-, los conquistadores sin embargo veían crecer rapidamente sus arcas. Años más tarde, cuando el Potosí dejo de ser cuna del enriquecimiento desaforado, sus tierras y sus muertos se condenaron al olvido. De la época de esplendor no quedaron sino las construcciones, ahora roídas por el tiempo y el desinterés[1].
La tierra se consumía en la sobreexplotación. Los conquistadores no dejaron intacto ningún lugar que produjera ganancias. Las minas brasileñas del oro –Minas Gerais y Ouro Preto-, las más grandes descubiertas hasta su tiempo, fueron saqueadas con velocidades hasta entonces desconocidas. De la misma forma, la caña de azúcar infesto las tierras de América. El nordeste de Brasil, campo de gigantes sembradíos de la planta azucarera, gran paraíso para las terratenientes y enorme infierno para los miles de esclavos, es ahora la región más subdesarrollada de la desangrada América. La maldición del azúcar invadiría también a Centroamérica, destrozaría campos enteros y le quitaría parte de su esplendor a la isla de Cuba. La maravilla que describirían muchas personas –entre ellas el mismo Cristóbal Colon- pasaba a la servidumbre del monocultivo; el tabaco y la ganadería darían paso a la caña de azúcar que arrasaría la isla entera y la llevaría a la aridez inevitable. La ambición creaba y destruía ciudades, la Potosí rica en plata, es ahora uno de los pueblos más pobres de Bolivia. Los conquistadores solo utilizaban la tierra mientras les producían, después la dejaban más olvidada de cómo las encontraron[2].

La pobreza en América Latina es alrededor del 44%, según el BID
La explotación en tierras americanas financió el crecimiento de los países que hoy llamamos desarrollados. Su desarrollo depende de nuestra miseria, así funciona el capitalismo, la riqueza del centro depende de la pobreza de las periferias. España y Portugal hicieron el trabajo sucio, mientras el dinero de la minería, la ganadería y la agricultura pasaban directamente a manos británicas, a manos holandesas, a manos francesas e italianas. Portugal era una fachada para la invasión inglesa en las minas de Brasil, era tal la influencia de la isla europea, que hasta los esclavos negros de las minas de cobre vestían los trajes que los británicos les preparaban[3].
La historia de Colombia, no está lejos de ser idéntica a la historia de América. La historia bananera en Colombia es la simple repetición de la historia del banano en Centroamérica. Una sola empresa llevó a los países que le producían a la desgracia, sin dejar una sola gota de remordimiento a sus espaldas. La United Fruit tenía mucho banano que sembrar para pensar en sus muertos, o en sus esclavos –a quienes curiosamente llamaban trabajadores-.
[2] Ibíd.
[3] Ibíd.